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El vino se ha vuelto incomprensible (y quizá sea culpa nuestra)

El vino se ha vuelto incomprensible (y quizá sea culpa nuestra)

Si uno se acerca hoy al mundo del vino con curiosidad —no con formación técnica ni con años de cata— es probable que salga con más dudas que certezas. Y eso es un problema.

Porque el vino, que históricamente ha sido una bebida cotidiana, cultural y profundamente ligada al territorio, se ha ido rodeando de una capa creciente de terminología, etiquetas y discursos que, lejos de aclarar, generan confusión.

La inflación de la viticultura

Hoy no basta con decir que un viñedo está bien trabajado. No. Hay que definirlo.

Viticultura convencional, ecológica, sostenible, integrada, de baja intervención, de precisión, de observación, biodinámica, tradicional, biológica, extrema, heroica, regenerativa, de bajo impacto, razonada, urbana, tropical, natural, integrativa.

¿Son todas necesarias? ¿Son todas diferentes? ¿Se excluyen entre sí? ¿Aportan información útil al consumidor medio?

La respuesta, en la práctica, es incómoda: muchas veces no.

Algunas de estas categorías responden a marcos normativos claros. Otras son enfoques técnicos. Y muchas, simplemente, son construcciones discursivas sin una definición homogénea ni verificable. El resultado es un lenguaje inflado que exige al consumidor un nivel de especialización que no se le pide en ninguna otra bebida.

El etiquetado: una jerarquía infinita

Si pasamos a la etiqueta, la situación no mejora.

Viñedos de altura, vino de altura, vino de montaña, vino de pueblo, de paraje, de comarca, de parcela, de parcela única, de comarca histórica, de municipio, vino de villa, viñedos singulares, vino de zona, vino de viña clasificada, vino de gran viña clasificada.

A esto se añaden las menciones clásicas: vino joven, roble, crianza, reserva, gran reserva. Y, por supuesto, las nuevas capas: vino de autor, de garaje, de vigneron, gran añada.

Cada término pretende aportar valor, matiz o diferenciación. Pero acumulados, generan un efecto contrario: saturación cognitiva.

El consumidor ya no distingue mejor. Simplemente desconecta.

El contraste con la cerveza

Mientras tanto, otras bebidas han seguido un camino diferente.

La cerveza, por ejemplo, ha sofisticado su oferta —artesanas, IPA, stout, lager, fermentaciones mixtas— pero ha mantenido un lenguaje relativamente accesible. Uno puede no conocer todos los estilos, pero entiende lo suficiente como para elegir sin sentirse excluido.

El vino, en cambio, parece haber convertido el conocimiento en una barrera de entrada.

El problema de fondo

No se trata de simplificar el vino hasta hacerlo trivial. El vino es complejo por naturaleza: clima, suelo, variedad, elaboración. Esa complejidad es su riqueza.

El problema aparece cuando esa complejidad se traslada al lenguaje sin filtros, sin jerarquía y sin una clara vocación de comunicación.

Cuando todo es importante, nada lo es.

Una posible salida

Quizá el sector deba plantearse una cuestión básica: ¿para quién estamos hablando?

Si el discurso del vino solo es comprensible para técnicos, sumilleres o productores, estamos reduciendo deliberadamente nuestro público.

Recuperar claridad no implica perder rigor. Implica priorizar. Explicar mejor. Eliminar ruido. Diferenciar lo esencial de lo accesorio.

Y, sobre todo, recordar que el vino no debería necesitar un manual de instrucciones para disfrutarse.

Porque si lo necesita, el consumidor —lógicamente— elegirá otra cosa.



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