08 Dic ¿Por qué los jóvenes no beben vino… pero sí cualquier otro invento alcohólico del planeta?
Durante generaciones, el vino ha sido sinónimo de fiesta, sobremesa, familia, brindis, conversaciones profundas y alguna que otra siesta de tres horas. Pero, de repente, llega la Generación Z, y deciden que el vino “no es vibe”, que “no entra” y que mejor un cóctel con color de marca-textos. ¿Qué ha pasado? ¿Quién les hizo daño? ¿Dónde se torció el camino?
Una de las razones puede ser porque el vino no viene con sabor a “mango explosivo” ni a “sandía radioactiva” Los jóvenes han crecido con refrescos de sabores imposibles: chicle, unicornio, frutos rojos en llamas…Luego les das un vino y dicen: “Hmm… me sabe a uva”. Pues claro que sabe a uva, ¿a qué quieres que sepa? ¿A nube de algodón premium?
Alguna razón también podrá ser que el vino no queda tan “postureable” en Instagram. Una cerveza helada es sexy. Un mojito es fotogénico. Una copa de vino… depende: Si es blanco, “Yo qué sé si está frío o es agua del grifo”; si es tinto, “Parezco mi tío Paco en Navidad”; si es rosado: “Oye, pues igual sí”. El vino necesita contexto, luz, mantel bonito… ¡Los jóvenes quieren algo que no requiera producción!
El vino exige pensar (y eso cansa) El vino tiene matices, aromas, historia… Pero los jóvenes están acostumbrados a bebidas con instrucciones simples: abrir, beber, hacer TikTok.
El vino no es inmediato. Requiere pausa, conversación, y hasta un mínimo de vocabulario que no sea “full”, “mood”, “random” y “literal”.
Y, ¿si creen que el vino es caro? Pues claro que lo creen.
Spoiler: no han mirado bien. Un cubata a 12 € lo ven normal. Un gin-tonic a 14 € es precio estándar. Una caña mal tirada a 3 €, genial porque el vaso está lleno. Una botella de vino buenísima a 11,50 € les parece carísima. Drama. Algo está fallando.
Y esos que dicen que el vino “da dolor de cabeza”. Pero luego se beben tres litros de sangría industrial al sol, un litro de vodka con aroma “tropical”, dos “energy shots” que contienen más cafeína que una oposición a notarías. Pero el malo es el vino, claro.
No tienen paciencia. El vino es un viaje, va evolucionando en la copa. Pero ellos quieren inmediatez, cosas más rápidas tipo en 0,3 segundos “me sube”, en 0,5 segundos “hago stories” y en 1 segundo: “ya no me acuerdo”
Algo hemos hecho mal. De eso no hay duda. Nadie les ha enseñado bien. Las familias ya no sacan vino en las comidas. Los bares y restaurantes no explican nada y apuestan siempre por lo mismo, eso conocido del lineal. Y nosotros las bodegas, complicamos mucho las cosas con un discurso demasiado entrevesado. Además, estamos lejos de los centros comerciales. Y claro, muchos jóvenes piensan que el vino es “de padres”. ¡Si supieran lo divertido que puede ser, cambiaría el cuento!
Conclusión: El vino no es el problema. Falta el marketing adecuado y un discurso sencillo y directo, Si queremos que los jóvenes beban más vino, hay que hablarles en su idioma: humor, simpleza, estética, experiencias y cero tecnicismos.
Pero mientras eso llega, seguiremos viendo a los jóvenes elegir bebidas que parecen salidas de un laboratorio de química… y mirando al vino con la misma sospecha que a un mensaje de su banco.
¡Rosalía ayúdanos con mas canciones con nombre de vino!
Salud.